Mis mascotas

30jul 13

Sir Conan

conan

Los fines de semana me gustaba ir a montar a caballo. Ese sábado, cuando entré en las caballerizas a buscar a mi yegua, me llamó la atención un pequeño trasportín que había junto a la puerta. Dentro de él, entre un revoltijo de periódicos, encontré al perro más bonito y de mirada más triste que nunca había visto. «Pero ¿qué haces tú aquí tan solo…?» Yo trataba de meter los dedos entre los barrotes para acariciarlo y él pegaba su nariz chatunga e intentaba lamer mi mano. Ese día, y los sucesivos, perdí la mitad de mi clase. Y es que me había enamorado profundamente de aquel bulldog en miniatura, negro azabache, de ojos saltones y dulzura infinita.

Meses después, cuando decidí decirle al mozo de cuadra que me gustaría quedarme con él, supe que era un carlino de rancio abolengo y que no sabían qué hacer con él; que había terminado allí como resultado de un –mal– trueque entre criadores. Conan, que así se llamaba y así lo llevaba tatuado en la tripita, fue una bendición para nosotros.

En la hípica me insistían una y otra vez: «Tráetelo un día, que queremos ver cómo está». Así que, un sábado, lo subí conmigo al coche y para allá que nos fuimos. Conforme nos íbamos acercando, se iba poniendo más nervioso, hasta que se escondió debajo del asiento del copiloto. Al llegar, no hubo forma de que ni siquiera asomase el hociquillo… Conan no tenía miedo al golpe o al castigo (me consta que no había sido maltratado), Conan solo tenía miedo al desamor.

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