Mis mascotas

marzo, 2013

29mar 13

Vivir con un perro es terminar como un cencerro

Lectores y lectoras, vengo a presentaros a Ramón. ¿Cómo es el perro de un angora turco? Pues ahora os lo cuento.

Primer plano del perro quejica

Primer plano del perro quejica

Cuando me vine a vivir a España y aterricé en mi casa, él ya estaba aquí. Concretamente, este verano cumplirá 7 años, aunque no sabemos el día ni el lugar porque fue encontrado en una sucia esquina siendo un cachorro.

Es marrón, con cara de zorro mezclado con rata, nariz de payaso, las patas torcidas y una cola agresiva que no va con el resto de su cuerpo. ¡Parece un puzzle!

No le gustamos mucho los gatos, más bien le fastidia nuestra presencia. Nos ignoramos mutuamente, pero si por casualidad al pegar un salto nos aproximamos a él, Ramón se pone a gruñir como un perro difícil.

Es un mimoso y un llorón. Si las cosas no salen como él quiere, se empieza a quejar y cualquier día bajarán todos los santos del cielo a ver lo que está pasando, porque sus caprichos no son normales.

Pero no sólo se lleva mal con los gatos, ¡no! Lo mismo le ocurre con los perros. En casa tenemos también un bull terrier llamado Coco y Ramón es su acérrimo enemigo. Nunca han tenido relación de hermanos, más bien al contrario. Durante la infancia de Coco, más o menos se toleraban y hasta jugaban juntos, pero ésto no duró mucho, porque Ramón empezó a gruñirle, a lanzársele al cuello y a buscar bronca.

Ahora hay que tenerlos siempre separados, por lo que aprovecho a decirle a César Millán, el encantador de perros, que si se pasa por Asturias en mi casa puede hacer una buena labor.

Ramón cambia completamente con los humanos y con los niños no digamos. Es un pelotero, que siempre está dando besos y llorando de emoción cuando ve a alguien que quiere. Todo el mundo lo conoce y es bastante querido, salvo por un vecino que odia a los animales -lo cual es mutuo, porque nosotros sentimos lo propio por él-.

Así que ahora que ya lo conocéis, voy a vestirme de angora turco nazareno, igual que mi padre, igual que mi abuelo.

Chocada de patas.

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21mar 13

Nada te deja más tieso que un angora turco travieso

Acechando tras la partida de Mamita

Acechando tras la partida de Mamita

Me gusta armar desastres. Dejarme en una habitación encerrado es asegurarse que la desmantele.

Mi madre lleva tratando de dormir conmigo desde la infancia hasta la actualidad, pero no puede. Me desvelo y necesito subirme a los muebles para tirar al suelo todo lo que pille.

Sin ir más lejos, esta tarde. Mamita se iba y creyó asegurarse de que Ramón, Perfidita y yo nos quedábamos fuera de las habitaciones. De pronto, se acordó de que se dejaba algo y, en milésimas de segundo, me colé en su cuarto, escondiéndome debajo de la cama hasta que se marchó.

Ahí salí de mi agujero y me subí encima de la estantería, despeñando sus títulos universitarios -que agradezca que no se los hice trizas-, un joyero muy feo y varios botes con sustancias depilatorias de esas que utiliza cuando le sale bigote y le da pereza ir hasta la estética. Pero la cosa no paró ahí, ¡no! Por si esto no os parece suficiente, salté por las distintas baldas y fui tirando a patazo limpio sus diademas, bolígrafos, tazas decorativas -que no rompieron, deben de ser de buena calidad- y hasta un montón de papelajos que empecé a leer hasta que vi que eran unas nóminas y allí le dejé.

Cuando Mamita abrió la puerta de su habitación empezó a gritar. Contrario a lo que pensáis, no fue de la emoción porque me echara de menos. Que si le duele mucho la espalda y yo me río de ella -que es verdad-, que si me va a comer con patatas -lo dudo porque está a dieta-… ¡Un sinfín de lamentos propios de una madre, vamos!

Realmente, no sé por qué lo hice. A mí lo que me gusta es observar a los ratones, porque el cobaya es un pesado que cuando está suelto en el baño me roba la comida en mis narices. Me quedo sentado mirándolos y pueden pasar horas, que no cambio de posición. Sólo que ya me estaba portando muy bien últimamente y no quería perder mi fama de gato duro.

También, para qué nos vamos a engañar, quería poder venir aquí a contároslo.

Esta vez, sin que sirva de precedente, le quiero dedicar a alguien esta entrada. Se trata de Mónika Carabaño, bloguera y amiga mía y de mi madre, que falleció el pasado martes 19 después de dos años y medio luchando con la leucemia. A Mónika yo le gustaba mucho -además de maja tenía buen gusto- y se reía mucho conmigo y mis cosas de angora turco. Me va a resultar extraño no poder seguir entrando a su blog a decirle que ya no sabe qué hacer para no reincorporarse al trabajo o para que le regalen bombones. Sí, lectores y lectoras, los angoras turcos también lloramos y este fatídico martes, este que escribe y su madre lo hicieron pero a base de bien.

Mónika preciosa, ¡espéranos en el cielo!

Chocada de patas.

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14mar 13

Atrévete a robar porque de todo hay que probar

 

Soy lo que se viene llamando un gato ladrón, o, como yo prefiero denominarme: “robón”. Desde mi más tierna infancia no he tenido inconveniente alguno en subirme en toda mesa llena de comida. ¿Qué han servido el almuerzo? ¡Ahí me subo yo! Y como se despisten para ir a por más platos, ¡entierro el morro en lo que sea!

Me da igual que haya gente delante. Salto a la mesa, a la encimera y no echo la zarpa dentro de la sartén cuando hay filetes porque tonto no soy, que sino…

Perfidita es el extremo opuesto. Ya puede haber jamón ibérico en la mesa, que ni se inmuta. Ella con dormir lo tiene todo solucionado. ¿Qué nos dan de comer? Perfecto. Durante el resto del día no la ves planeando ningún hurto, ni ambiciona bocadillos ajenos. ¡Una gata rarísima! Si tiene que sisar, se lleva calcetines, bolsas o muñecos en la boca; pero nunca comida.

Jean Paul, uno de mis predecesores

Jean Paul, uno de mis predecesores

Ante mis conspiraciones, en mi casa suelen evocar al Jean, un gato siamés y obeso que falleció poco antes de mi nacimiento. Jean sólo comía su pienso y jamás mostraba el menor interés por la comida humana. Nunca se planteó subirse al mobiliario y sólo se pirraba por los Doritos Tex Mex. Ahí sí que robaba bolsas de patatas sin complejos… Como oliera que alguien había ido al kiosko, se enajenaba para lanzarse en plancha a por el botín.

Imaginaos, un gato comedor de Doritos pero no de jamón.

Uno de los primeros gatos que tuvo mi madre fue un siamés cruzado con sagrado de Birmania, de nombre Pichy José. ¡Ese sí era de los míos! Pichy tenía la costumbre de saltar por los patios de las casas, sabiendo que por las galerías entraba directo a las cocinas -ventajas de que todas las viviendas fueran iguales que la propia- y llegó a llevarse un filete de una vecina, un chorizo de otra… ¡Era el terror del barrio!

En casa no se portaba mejor, porque me cuenta Mamita que una vez lo sorprendió engullendo los macarrones que dentro de la olla esperaban la llegada de su padre a mediodía. En vez de deshecharlos, mi abuela le dijo que guardara el secreto y mi difunto abuelo se comió la pasta fociqueada por Pichy José. Cuando se enteró, muchos años después, no daba crédito a los hechos.

Aparte de sus actos delictivos era un gran gato, que actuaba de despertador. A la hora de levantarse para ir al colegio, mi abuelo abría las puertas de las habitaciones, encendía la luz y Pichy José acudía presto a despertar a los niños mordiéndoles la nariz. A las barbillas tampoco les hacía ascos.

Yo de robar a los vecinos no soy, porque tampoco me gusta que me critiquen en el barrio. Soy un robón más de andar por casa: a mis padres, a mi abuela… ¡pero a nadie más! Además, que soy muy fino y a saber cómo cocinan en otras casas y qué aceite usan, que yo no me fío.

¿Y vuestros gatos? ¿Son amigos de lo ajeno?

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09mar 13

Novia con súperpoderes, la envidia de las mujeres

Antes de nada, protestar porque me encuentro celoso. Alejandro Sanz ha tenido a bien escribir una canción titulada “Mi Marciana”, que yo creo que está dedicada a mi novia, Galia Micromachine.

Precisamente esta semana, hemos descubierto con estupefacción que Galia tiene poderes. Sí, sí, ¡cómo lo leéis! Te clava los ojos y te convierte en pepinillo, calabaza… Que digo yo, que ya que lo hace, podía completar el favor y transformar al prójimo en jamón ibérico.

Su última víctima ha sido su prima, Virutas Manca de Rabo. Virutas se llama así porque en la protectora donde fue adoptada, hubo que amputarle el rabo gracias al mal estado en el que la recogieron. Por suerte, ahora es la reina de su casa y, al igual que yo, viaja con sus dueños al país que éstos se muden. Que cualquier día escribiré un post reclamando mayores derechos para angoras turcos en particular y gatos en general en los aviones, pero me temo que no va a ser hoy.

Galia sacando sus súperpoderes

Galia sacando sus súperpoderes

Y me diréis vosotros: “Pero Ferny, ¿no podías haber encontrado una novia con aficiones un poco más normalitas?”. Pues no, lectores y lectoras, ¿ó acaso no mola convertir en zanahorias a todos los maltratadores de animales y zamparse un buen carrotcake que tan de moda está en nuestros tiempos? ¡No hay quien se pueda resistir a algo así!

Cuando Galia y yo vamos a la charcutería, ¡zas! Basta con mirar fijamente al dependiente para que se transforme en una lechuga durante el tiempo justo para lanzarnos a los pata negras y meternos entre pecho y rabo una buena merendola.

En el vete, cada vez que se dispone a cobrarnos, ¡toma berenjena al canto! Y corriendo nos vamos como los Bonnie and Clyde españoles.

¡Si es que todo son ventajas!

Chocada de patas.

 

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03mar 13

La leche es un mito para gatos y gatitos

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Tengo una debilidad, lo confieso: me encanta la leche.

Mamita se desespera cada vez que me abalanzo para degustar la que alguien se sirve en una taza, porque no me permite tomarla. Cuando vivíamos en Santo Domingo, yo ni la probaba, pero ya en España, ¡había quien me la daba a escondidas!

Un día, mi madre se enteró y, para mi infortunio, prohibió terminantemente que nadie me volviera a dar leche. ¡Mi gozo en un pozo!

¿El motivo? La leche es mala para gatos y perros. Ese falso mito de que a los gatos hay que darles leche es, por mucho que me pese… ¡pues éso, mentira!

La lactosa es un sisacárido propio de la leche que ni yo, ni ninguno de vuestros amigos peludos puede tolerar, porque no poseemos las enzimas idóneas para desdoblarlo. A algunas personas también les ocurre y por ello son intolerantes a la lactosa. Como no podemos digerir la leche, nos fermenta en el estómago, provocándonos diarreas. ¿A que no queréis que ésto les ocurra a vuestros animales?

Por suerte, algunos fabricantes de estos que inventan de todo, han tenido consideración por los gatos que nos pirramos por la leche y en los súpermercados podemos encontrar una leche especial para gatos que no está mal de precio. Mamita me la compra de vez en cuando y la verdad es que me gusta.

Así que si no tienes esta leche adecuada en casa, lo mejor es que le des a tus gatos únicamente agua fresca y no cometas la diablura de servirle de la tuya. Que rica está un rato, pero las consecuencias no son nada agradables.

Sino, fijáos en los típicos gatitos de los pueblos, con diarrea perpetua y vientres enormes por culpa de  alimentarse con leche de vaca. Es una imagen muy habitual.

Los gatos no necesitamos leche para nuestro desarrollo. La de nuestra madre mientras mamamos, pero nada más.

La leche desequilibra la correcta alimentación de un gato que recibe su ración adecuada respecto a sus necesidades.

Con los gatos bebés el tema se complica, pues su sistema digestivo está aún muy tiernito y las consecuencias pueden ser mucho peores.

Chocada de patas.

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